La amnesia digital genera una externalización de la memoria

Un reciente informe alerta a los usuarios interconectados (cada día más abundantes) sobre los efectos de la “Amnesia Digital”, la creciente incapacidad para retener mentalmente información importante, ya que “la responsabilidad de recordar se está delegando en los dispositivos digitales, sobre todo en los smartphones”. En otras palabras nos hemos acostumbrado a buscar lo que deseamos en Internet. La pregunta es ¿Hacia dónde vamos?

“Todo indica que en los últimos diez años, como consecuencia de la progresiva digitalización y conectividad de la vida diaria, se va haciendo evidente un cambio en   cómo utilizamos nuestra memoria para almacenar y utilizar conocimientos y experiencias personales” comenta Ángel Fernández Ramos, del Grupo de Investigación en Memoria y Cognición de la Universidad de Salamanca

“Un aspecto importante de este cambio es el hecho de que ha aumentado la cantidad de información que necesitamos tener disponible y accesible en la vida diaria” puntualiza. “Se espera que tengamos un grupo amplio de contactos sociales y profesionales, que hagamos varias cosas a la vez, que manejemos numerosos códigos de acceso y seguridad, que proporcionemos datos de manera instantánea a quien nos los pide, etc. En otras palabras, manejamos una cantidad ingente de información y a menudo en modo multitarea, para llevar a cabo nuestras actividades personales, sociales y profesionales más frecuentes”.

“El otro factor que está determinando el cambio en nuestro uso de la memoria es la disponibilidad de una tecnología de almacenamiento externo cada vez más potente en términos de la cantidad de información que pueden albergar los dispositivos, más asequible en términos de coste para el ciudadano medio (al menos en los países occidentales). Además, más accesible en términos de cercanía y portabilidad (móviles y tabletas que se pueden llevar en el bolso, la nueva tecnología de lo ponible, el almacenamiento en la nube, etc.)”.

“Consecuencias, cada vez es más habitual depositar mucha de la información que utilizamos frecuentemente en dispositivos externos, y dedicar menos esfuerzos a memorizar esa información en nuestra memoria personal. Este nuevo panorama, caracterizado por una creciente externalización de nuestra memoria, hace que sea necesario que los ciudadanos sepamos más sobre los nuevos dispositivos y su utilización como repositorios de información. No sólo sobre lo capaces y accesibles que son (su potencia), sino también sobre los problemas que pueden presentar en lo que se refiere a la durabilidad, integridad y privacidad de la información depositada en ellos (su fragilidad).

Datágora. En la compleja y cambiante realidad digital que vivimos y al margen de los beneficios y oportunidades que ofrece Internet y tecnologías relacionadas, es cada día más evidente que están surgiendo una serie de daños colaterales. Descansar en la memoria del teléfono móvil, confiar en “el “todo está en Internet” o que “la impresión sobre papel morirá pronto”, esa especie de confianza absoluta, ¿hasta qué punto afecta nuestros procesos cognitivos?. Si tenemos en cuenta que nos hallamos en el umbral de la sociedad interconectada, de la ciudad inteligente, ¿cuáles pueden ser las repercusiones de estos efectos tecnológicos sobre la ciudadanía?

AFR.   Es demasiado pronto para poder estimar los efectos de las nuevas demandas y los nuevos usos sobre nuestros procesos cognitivos. Pero es altamente improbable que, como sugieren algunos catastrofistas, que el uso de las nuevas tecnologías vaya a suponer un cambio drástico en las capacidades intelectuales del ser humano y la desaparición del pensamiento inteligente. Lo razonablemente esperable es que sigamos teniendo el mismo tipo de cerebro, con las mismas capacidades básicas, pero haciendo cosas diferentes.

Conocemos ya los resultados de los primeros estudios empíricos de la neurociencia ciencia cognitiva, y en ellos se encuentra evidencia del poder adaptativo de la mente humana en relación con el uso de las nuevas tecnologías de la información. Por ejemplo, se ha encontrado que frente al relativamente rápido olvido de contenidos que almacenamos en un dispositivo externo, mantenemos mejor el recuerdo del lugar en el que podemos acceder a esos contenidos. O que el almacenamiento de unos contenidos en un dispositivo externo hace que tengamos más recursos cognitivos para enfrentarnos con más éxito a la tarea de memorizar otros contenidos.

No es difícil imaginarse situaciones futuras en las que, al liberar a la memoria humana de ciertas tareas tediosas y poco interesantes, se abran posibilidades de un uso más enriquecedor de las capacidades intelectuales. Al fin y al cabo, algo así es lo que viene sucediendo con la mayoría de las revoluciones tecnológicas que han ido moldeando la historia de la humanidad. Un ejemplo especialmente relevante es el de la invención de la escritura, que, entre otras cosas, liberó nuestra mente de la necesidad de memorizar largos discursos y nos dio la posibilidad de concentrarnos más fácilmente en la posibilidad de discutirlos. O el de la imprenta, que puso los cimientos del acceso universal a los conocimientos más variados, hasta entonces a disposición de unos pocos privilegiados.

La cuestión de si habrá solamente cambios ligeros y puntuales o si se producirán también alteraciones más profundas en nuestra manera de procesar la información, es algo que debe resolver la investigación científica. Una buena muestra de responsabilidad como seres humanos será proponernos ir observando críticamente, en paralelo con el desarrollo de las nuevas tecnologías, los cambios que la utilización de éstas va causando en nosotros: en nuestro desarrollo personal, en nuestras relaciones con los demás, y en la sostenibilidad de una sociedad orientada al bienestar de los individuos.

Datágora. ¿Pero estamos preparados para absorber la enorme cantidad de información que recibimos a diario procedente de diversos medios? ¿Hasta qué punto el recibir este exceso de información diaria, fundamentalmente a través de pantallas, impide fomentar nuestra concentración, nuestra capacidad de análisis y, por añadidura, nuestra empatía?  

AFR. Una de las ventajas del nuevo panorama de digitalización e hiperconectividad es la gran cantidad de información que se puede acumular y tener disponible casi en cualquier momento. Si embargo, nuestro sistema cognitivo se caracteriza por una capacidad de procesamiento limitada, tanto en lo que se refiere a la atención como a la memoria. Así que nos encontramos con las condiciones idóneas para que se dé algún tipo de conflicto.

El contexto en que nos movemos y efectuamos la mayor parte de las actividades cotidianas emite una ingente cantidad de señales que compiten por captar nuestro interés, pero no es posible responder adecuadamente a todas. Nuestro sistema cognitivo no es capaz, salvo raras excepciones, de hacer con eficacia más de una cosa a la vez; se satura cuando la búsqueda de contenidos no se puede delimitar bien; o se fatiga cuando una tarea exige un procesamiento sostenido a lo largo del tiempo. Por ello no es razonable intentar responder a todas las oportunidades que se plantean, porque no se van a realizar de manera correcta si hay demandas que sobrecargan al sistema de procesamiento cognitivo. Un ejemplo claro es el de las situaciones de tarea múltiple en las que a veces, y de manera irresponsable, nos implicamos, como el mantener una conversación telefónica mientras conducimos un vehículo. En este terreno concreto la investigación de los psicólogos ya ha demostrado que se producen graves deficiencias en el funcionamiento mental, y además con efectos en la realización de las dos tareas: conducir y atender correctamente a la conversación.

Es posible que encontremos maneras de afrontar estas dificultades; por ejemplo, mediante el entrenamiento de la memoria de trabajo y su amplitud, sus procesos de actualización y su eficiencia inhibitoria. Mientras tanto es más eficaz una postura basada en la conciencia de las limitaciones y de actitud racional frente a la avalancha informativa, favoreciendo los entornos sin distractores, seleccionando nosotros mismos que hacer en cada momento, buscando intencionalmente la concentración, e introduciendo periodos de desconexión. A la larga, estas estrategias serán más productivas que el abordar múltiples tareas de manera simultánea.

saludPsicólogo Karspersky

Datágora. Pero hay más complicaciones. En 2012 un estudio de la empresa SecurEnvoy indicaba unas cifras preocupantes de afectados por nomofobia en el Reino Unido. Tras encuestar a un millar de personas se constató que el 77% de los individuos entre los 18 y los 24 años sufrían de nomofobia, mientras que la franja de edad de los 25 a los 34 años, la incidencia fue del 68%. Además, un 41% de los encuestados llevaban siempre dos teléfonos para no estar nunca “desconectados”. ¿Es este un poco el perfil del ciudadano intercomunicado del siglo XXI?.

AFR.   El hecho de que gran parte de las actividades que realizamos en nuestra vida cotidiana se hagan utilizando dispositivos de almacenamiento externo y de conexión a bases de datos, como el teléfono móvil, hace que inevitablemente seamos muy dependientes de esta tecnología. Es natural que la posibilidad de que nos falte un dispositivo de este tipo nos preocupe. Que esta lógica preocupación se pueda transformar en algo más serio, como por ejemplo una reacción de ansiedad ante el mero pensamiento de imaginarse un tiempo sin conexión, vendrá determinado por la presencia de otros factores precipitantes o facilitadores. Por ejemplo, será más intensa y desestabilizante la reacción en una persona con ciertas características personales, como por ejemplo la tendencia a obtener recompensas inmediatas, la necesidad continua de apoyo social, o la obsesión por la seguridad de los seres queridos. También hay factores situacionales que pueden ser relevantes, como es el caso de las personas para quienes, por tener alguna discapacidad, estar permanentemente conectado sea de importancia vital. Pero lo más lógico es que en la gran mayoría de nosotros predomine el control personal y aprendamos a tener un comportamiento adaptativo en los nuevos entornos de la hiperconectividad.

El miedo a no tener con nosotros los dispositivos personales de almacenamiento y conexión también tiene que ver con la posibilidad de perder información que se ha ido depositando a lo largo del tiempo en teléfonos, ordenadores, nubes de datos, etc. La pérdida de esa información, tanto si se trata de desaparición, como si se trata de contaminación o pérdida de acceso, tiene unas consecuencias muy negativas para las personas afectadas. Cuando se trata de información práctica, la necesaria para las actividades cotidianas, el efecto de la pérdida, es probablemente subsanable en el medio plazo. La mayor parte de lo perdido se podrá volver a recuperar con la necesaria inversión de tiempo y esfuerzo. Sin embargo, es muy probable que las personas se vean afectadas más negativamente por la pérdida de información relacionada con su vida personal. La memoria autobiográfica cumple varias funciones importantes, y los recuerdos son la base de nuestra identidad personal.

Hay que prepararse para los nuevos tiempos y los nuevos riesgos. Debemos plantearnos cómo ser capaces de poner en marcha estrategias de protección de la información en esta nueva situación, caracterizada por un incremento en las posibilidades de conectividad social y en la externalización de la memoria.

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