Liderazgo político y competición

Por Ignacio Mazo
Director de la Unidad de Liderazgo y Management de BTS

Si pudiéramos ponernos en la piel de un observador imparcial consideraríamos el escenario político que se vive en España como un escenario inmejorable para el análisis de los comportamientos de liderazgo de los líderes políticos y para sacar conclusiones y aprendizajes. Déjenme intentarlo, aun constatando desde el principio que no soy un observador imparcial, aunque solo sea porque soy español y he votado en todas las convocatorias electorales hasta la fecha.

La primera conclusión de mi análisis es que esperamos de los líderes políticos un comportamiento como estadistas y no como directivos de empresas. Y, sin embargo, su comportamiento se entiende mejor si lo comparamos con éstos últimos. No son líderes políticos con una visión y un proyecto a largo plazo, sino líderes de organizaciones políticas, léase directivos de organizaciones políticas. Al igual que en el caso de muchos ejecutivos de empresas, los plazos que consideran en su proceso de toma decisiones son extremadamente cortos. Alguien, con mucho acierto, señalo que el político mira las próximas elecciones, el estadista la próxima década.

La segunda conclusión es que sus comportamientos responden a una lógica antigua y competitiva. Antigua porque los líderes políticos, como directivos de organizaciones políticas, tratan de maximizar, en primer lugar, la utilidad y el retorno para los miembros de la organización (léase partido) y, en segundo lugar, el retorno para los afiliados, que podrían ser sinónimo de los accionistas. En el ámbito empresarial este enfoque se está cuestionando y surge con fuerza la idea de que las organizaciones deben orientarse al cliente, proporcionar una buena experiencia a sus empleados, y ser sostenibles y responsables con la sociedad, casi con mayor intensidad que su orientación a los accionistas. La razón de este comportamiento en los líderes políticos es que orientarse a un número muy reducido de individuos con intereses muy concretos es la base de su propia supervivencia. Existe pues un poderoso incentivo para que se rodeen de afines y no de los mejores, de personas que les apoyen para estar al frente de la organización política y así, al menos estar un tiempo en esa posición de privilegio.

La lógica competitiva está basada en que los líderes políticos son elegidos pensando en su capacidad para ganar elecciones, porque esto es lo que permite la supervivencia del partido político, y la presencia de un número muy alto de personas ocupando cargos públicos remunerados. El mandato es claro y el plazo de ejecución también.

De las dos conclusiones anteriores deriva la tercera, no hay una estrategia de largo alcance. Se toman decisiones tácticas con el foco en el próximo ciclo electoral. Esto explica los cambios de opinión y criterio que, cuando se analizan considerando estos plazos, se entienden mejor, aunque no se compartan. El problema de tomar decisiones cuando prima la competición, lo conocemos bien en BTS. Nuestras intervenciones enfrentan a los directivos a procesos competitivos en entornos libres de riesgo, como una herramienta de desarrollo de sus capacidades de análisis, de planificación, de colaboración y de visión global a largo plazo. A lo largo de más de 30 años hemos observado que en esas situaciones las decisiones muy frecuentemente se toman no en virtud de su calidad, su oportunidad o su impacto, sino para ganar la competición, o peor aún, evitar que la gane otro. Es más, en ocasiones se celebra la victoria sobre el competidor aun cuando se hayan tomado decisiones poco sostenibles en el tiempo. Cuando observo los debates, las votaciones o la participación de los diputados en las comisiones en el Congreso, también ahora en una situación como la que vivimos con la pandemia, no puedo evitar sentir que estoy en un taller de trabajo con directivos. Lo malo es que ellos no están en un entorno libre de riesgo y sus decisiones pueden tener un impacto muy relevante para terceros.

 Las tácticas de corto plazo tienen otro problema, como saben la mayoría de los directivos. Cuando sólo se piensa en la propia organización, y en plazos cortos, y no se piensa en sus clientes actuales y potenciales, léase ciudadanos, es muy probable que un competidor o nuevo entrante te saque del mercado. Desgraciadamente, en el caso español los nuevos líderes políticos se han “convertido” y han aceptado demasiado rápido las “viejas” reglas del juego, lo que augura nuevas entradas a un “mercado” con oportunidades para quienes piensen a largo plazo.

En conclusión, como profesional dedicado a trabajar en la mejora de las capacidades de liderazgo, mi consejo sería utilizar el espectáculo político como contraejemplo de lo que es recomendable y adecuado. La pena es que debería ser al revés.

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