Smart Cities, mucho más que tecnología

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Si el siglo XIX fue el siglo de los imperios y el siglo XX el de los estados naciones, todo indica que el siglo XXI será el siglo de las ciudades. No anduvo desencaminado el alcalde de Detroit Wellington E. Webb, cuando hizo esta sorprendente afirmación en la primera cumbre transatlántica de alcaldes celebrada en Lyon, el 6 de abril de 2000. Quince años más tarde los hechos confirman lo acertado de su pronóstico.

Pese a ocupar algo más del 2% del territorio mundial, las ciudades consumen más del 75% de los recursos y energía, generando el 80% de las emisiones responsables del efecto invernadero. Peligrosa tendencia que continuará incrementándose si no se acelera la puesta en marcha de las soluciones existentes, ya que la población mundial tiende cada vez más a vivir en zonas urbanas… con todas sus consecuencias. Según informes de las Naciones Unidas, si en 1950 la población urbana representaba el 51% del total mundial, se calcula que en el año 2050 el 70-75% de los habitantes del planeta vivirá en enormes urbanizaciones masificadas donde el efecto emigración, tanto interno como foráneo, irá potenciando el fenómeno conocido como “ciudades interminables”. Así que no es de extrañar que para 2050 más de un centenar de ciudades se sumen a las 400 urbes que actualmente superan el millón de habitantes.

Presionadas por factores económicos, tecnológicos y medioambientales, las ciudades se enfrentan a diario a uno de sus mayores desafíos: ser sostenibles en el largo plazo. El gran reto estriba en cómo crear las condiciones adecuadas para generar conocimiento, habilidades y empoderar a los ciudadanos mediante el uso de las TIC, buscando un nuevo modelo en el que cada urbe, partiendo de una correcta gestión y planificación de sus necesidades, impulsará debates para encontrar respuestas acorde a sus realidades sin ceñirse a modelos estandarizados, contando con una gran participación ciudadana directa, el motor de desarrollo de esta nueva tendencia, que no será sólo un consumidor y usuario de servicios. Con sus consultas y propuestas, que también generan valor, aportará y participará a través de las TIC en la vida de su ciudad.

Las respuestas – muy pegada a las realidades y a sus múltiples variantes – son las Smart Cities (Ciudades Inteligentes o Sostenibles) una excelente oportunidad de recuperación para la industria tecnológica y para impulsar el crecimiento, empleo y mejora de la calidad de vida en toda la sociedad, ayudando a poner las bases para un nuevo modelo económico. Lo que implica un replanteamiento del modo de vida ciudadano y su relación con la ciudad.

La implantación de Internet – que nos ha permitido vivir en un mundo cada día más interconectado -, ha sido la base tecnológica gracias a la cual buena parte de nuestra sociedad pudo vislumbrar y adentrarse en nuevos horizontes, posibilitando nuevas formas de investigación, innovación y desarrollo, pero sobre todo de interconexión ciudadana. Los progresos en sanidad, educación, ciencia, economía e incluso las relaciones sociales dependen hoy en día en mayor o menor medida de la tecnología, que introduce constantemente mejoras y posibilidades, sobre todo a través de los medios de comunicación, básicos para que los ciudadanos se impliquen en los diversos procesos de gestión ciudadana. Las redes sociales son un claro ejemplo de la nueva tendencia.

En otras palabras, los gestores locales junto con las empresas deben trabajar en un modelo de ciudad interactuando con sus ciudadanos. Estos a su vez, necesitan concienciarse que pueden y deben participar en la elaboración de ofertas que atiendan a sus necesidades, a sus nuevas demandas y a sus nuevos hábitos.

En este proceso de transformación, la relación necesidades/soluciones de una smart city abarca todo tipo de áreas y servicios: energía y sostenibilidad medioambiental, gestión de residuos, gobierno de la ciudad y relación con sus habitantes, educación, turismo, servicios sanitarios, transporte y movilidad, cultura, urbanismo, investigación y desarrollo, etc. Ninguno de estas áreas funciona de forma aislada, lo hacen a través de una red de interconexiones, todo ello posibilitado por tecnologías como sensores, redes de variadas, almacenamiento, procesamiento o gestión de datos/”big data”, entre las más importantes.

Ahora bien, esta evolución hacia el modelo Smart Cities no sólo requiere inversión en tecnología, sino también una transformación del modo en que los Ayuntamientos prestan los servicios. Se requiere una revisión de las organizaciones, los procesos, incrementando la agilidad, el intercambio de información, una mayor interrelación e integración de la actividad de las diferentes direcciones municipales que hasta el momento han venido trabajando como silos aislados. Como coinciden diversos informes “no pueden existir ciudades inteligentes sin ciudadanos inteligentes”.

Pero además, la inteligencia de las ciudades no puede asociarse exclusivamente a la tecnología ya que aquí juegan un papel fundamental los procesos de gestión. Desarrollar sus diversos ámbitos y servicios exige que se proceda con información y realismo, pero sin dejarnos impactar por lo espectacular, ni por estrategias de mercado ni por presiones políticas.

Ahora bien, al margen de diversas e interesantes iniciativas en las que ya se está trabajndo, las interrogantes de investigadores y analistas se acumulan: ¿Existe conciencia global del papel que el ciudadano este debe jugar en este contexto? ¿Qué puede hacer este para pasar a ser un actor/productor de su ciudad y no un mero espectador /receptor de servicios? ¿Se estudia arbitrar vehículos de participación ciudadana que reconozcan la responsabilidad individual de los valores que los promotores de ciudades inteligentes dicen defender? Sobre todo, ¿Qué opinan los partidos políticos? ¿Plantean programas reales, que vayan más allá de declaraciones de intenciones?

Las empresas proveedoras de servicios públicos por su parte, ¿tienen la capacidad de mejorar la eficiencia de una Smart City con la prestación de mejores servicios a menor coste? ¿Hasta qué punto tienen las empresas voluntad para realizar un trabajo colaborativo?

En cuanto al sector público, ¿tienen los Ayuntamientos capacidad y voluntad de modificar su modelo de gestión? ¿Cuáles son las barreras a derribar para impulsar proyectos público/privados? ¿Cómo combinar crecimiento urbano y desarrollo sostenible? ¿Hasta qué punto se pueden desarrollar medidas gubernamentales eficaces en un contexto de restricciones presupuestarias? Demasiadas interrogantes que ya es hora de comenzar a despejar. FIRMA-DATAGORA-A

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