Urgen políticas de productividad y crecimiento sostenible

Por Juan Mulet Meliá Doctor Ingeniero de Telecomunicación y MBA por el Instituto de Empresa, Madrid.

El impulso al crecimiento y a la productividad es lo que hace progresar a los países. Las medidas monetarias y fiscales pueden ser un remedio a corto plazo, pero no aseguran el aumento de la capacidad de compra de los ciudadanos, la mayoría dependientes de su renta de trabajo. Y esto es más importante que nunca en la situación actual de globalización. Solo el aumento de la productividad  permitirá mantener las cuotas del mercado nacional e internacional,  y así poder generar el valor que  se necesita para conservar el bienestar de la ciudadanía.

Pero no se trata solo de aumentar la “productividad aparente del trabajo”, es decir el cociente entre producto y coste laboral. Desde que el Premio Noble de 1987, Robert Solow, demostró que el crecimiento del  PIB norteamericano en la primera mitad del siglo XX se debía en más del 80% a la mejora en la combinación de los factores de producción (capital y trabajo) y no al aumento de ambos, sabemos que para lograr un crecimiento importante y duradero de la productividad de un sistema productivo nacional  es necesario mejorar  la tecnología, aumentar el capital humano y perfeccionar el entramado institucional. Es lo que determina el llamado residuo de Solow o, lo que es lo mismo, la Productividad Total de los Factores (PTF). Es la PTF la que hizo posible el 80% del crecimiento del PIB citado.

Los datos de PTF son publicados por muchas instituciones internacionales, The Conference Board calcula que la PTF de España tuvo una media anual de crecimiento en el periodo 2007-2013 de -0,8, mientras que para China fue del +2,2, para Corea del Sur del +1,8, o para Alemania de -0,1.

La hora de las responsabilidades

Los gobiernos tienen en su mano la posibilidad de impulsar políticas, quizá menos efectivas a muy corto plazo que las monetarias o fiscales, pero de consecuencias mucho mayores en el futuro. Una política que es obvia, pero cuyas consecuencias no parecen ser aquí entendidas legislatura tras legislatura, es la de educación. Ahora se puede diseñar una educación que aporte los conocimientos que necesita el hombre de hoy y que, y es mucho más importante, le enseñe a aprender cada día de su vida para adaptarse a las futuras demandas, inevitablemente  cambiantes, del mercado de trabajo. Hay países que ya lo están logrando, y se trata simplemente de aprender de ellos.

Desgraciadamente la situación de España en los diferentes rankings mundiales en materia educativa no es nada tranquilizadora.  Sobre una media de 500, la calificación de PISA 2015 para estudiantes de la enseñanza secundaria obligatoria es de 493 en ciencia, de 486 en matemáticas y de 496 en lectura.  Nada, por lo tanto, tranquilizador. Nuestras universidades nunca ocupan puestos relevantes en las listas de excelencia que se publican a lo largo del mundo. La educación española necesita de mucha mayor atención.

Why Nations Fall Otro camino que hay que emprender simultáneamente a la mejora de la enseñanza, aunque es mucho más difícil, es el de perfeccionar el entramado institucional. Los economistas ya lo han entendido. El libro de dos economistas de origen muy distinto, pero formados en Londres y  ahora docentes en EE. UU.,   Daron Acemoglu, nacido en Turquía, y el inglés  James A. Robinson tienen en su libro Why Nations Fall (traducido por  Deusto S.A. Ediciones, “Por qué fracasan las naciones”, 2012)  un ejemplo muy cercano a nosotros. El de las dos ciudades que comparten el mismo nombre,  Nogales, una en Arizona y otra en México.

Fueron una consecuencia de la llamada por los mexicanos la Venta de La Mesilla (y por los norteamericanos  Gadsden Purchase), gracias a la cual, en 1853, los EE. UU. incorporaron 76,800Km 2 previamente mexicanos.  La frontera así decidida  separó la antigua ciudad de Nogales en dos: Nogales (Sonora) y Nogales (Arizona). Estos economistas relatan que unos cien años más tarde «… los residentes de Nogales (Sonora) que viven en una parte relativamente próspera de México, tienen unos ingresos medios por hogar que son aproximadamente un tercio de los de Nogales (Arizona). La mayoría de los adultos en Nogales (Sonora)  no viven tanto como sus vecinos del norte, y  la obtención de todos los permisos para abrir negocios son mucho más difíciles en Nogales (Sonora) que en la  otra Nogales.” Los economistas citados dicen que no hay ninguna diferencia genética entre ambas poblaciones y que solo la dispar calidad institucional puede explicar dos realidades tan distintas.

Para conocer la calidad institucional de un país es habitual recurrir a la base de datos del Banco Mundial Doing Business. En ella, España ocupaba el puesto 32 en su lista sintética de 2017. En otros aspectos particulares, que sirven para elaborar este índice global, la posición española era mucho peor, por ejemplo en obtención de créditos era la 62, en obtención de electricidad la 73 o en permisos de construcción la 113.

Tecnología sí, pero…

Por último, queda la tecnología. La tecnología no es más que una técnica, una forma de hacer cosas útiles, que ha sido entendida, mejorada o creada gracias al conocimiento científico. Por lo tanto, para crear tecnología hay que disponer y asimilar  conocimiento científico. Pero para utilizar tecnología es solo necesario conocerla e integrarla en el proceso productivo. Muchas empresas nunca han creado tecnología y son capaces de alcanzar altas cotas de productividad y competitividad aprovechando tecnología adquirida de otras empresas o de instituciones que, onerosa o gratuitamente, se la transfieren. Por ley de vida, la empresa  que primero utiliza una tecnología puede tener grandes ventajas, y si ha sido precisamente la que la ha creado, estas ventajas serán todavía mayores. Pero desde el punto de vista económico, lo importante de la tecnología es poder aplicarla para obtener productos, procesos o servicios competitivos. Es la innovación. Muchos países, y entre ellos está España, son ya capaces de hacer avanzar la ciencia, pero tienen todavía dificultades para convertirla en tecnología, y muchas de sus empresas no pueden o no quieren usar la tecnología, generada o adquirida, para llevar nuevas ofertas al mercado.  Estas empresas no son innovadoras.

En cuanto  a esta cuestión, la situación de España merece un comentario más largo. La producción de ciencia, medida como es habitual en publicaciones científicas de calidad, ha experimentado una espectacular mejora en estos últimos treinta años. En 2014, España era el origen del 3,19% de la producción mundial de calidad, comparable con el 4,43% de Francia o el 3,62% de Canadá y no muy por debajo del 6,14% de Alemania. El indicador llamado “Tasa de Excelencia” es para España de 13,40, comparable con el 14,85 de Alemania, al 13,50 de Francia o al 14,99 de Canadá.

Desgraciadamente no puede decirse lo mismo de la capacidad española para generar tecnología. Aunque es muy difícil de medir, se acepta que un buen proxy es el índice sintético de familias de Patentes Tríadicas (válidas en Europa, EE. UU. y Japón) concedidas. Este índice era, en 2013, para España 0,4, mientras que para Italia era el 1,3, para Holanda el  1,9, para Francia el 4,7 y para Alemania el 10,2.

Pero lo más preocupante es la situación de la innovación en España, es decir la propensión a convertir en productos, procesos o servicios la tecnología propia o adquirida. Es una realidad todavía muy difícil de medir y   hasta fechas recientes los organismos internacionales potencialmente interesados en su medición no le han prestado verdadera atención. La OCDE no se preocupó hasta 1992, pero solo en cuestiones parciales, que modificó levemente en 2005. El mejor dato disponible hoy para evaluar y comparar una situación nacional en el marco europeo es la estadística de EUROSTAT, basada en los datos obtenidos mediante la metodología actual propuesta por la OCDE. Según ellos, en 2012,  solo el 33,6% de las empresas españolas eran innovadoras de cualquier tipo (producto, proceso, organización o marketing) frente al 66,9% de Alemania. Pero cuando se preguntaba por las innovaciones en productos o procesos el porcentaje español bajaba al 10,2% y el alemán al 19,4%.

Como se puede deducir de los anteriores párrafos, estas cuestiones no afectan solo a  los gobiernos. La sociedad en general tiene mucha responsabilidad en hacer el país productivo y competitivo mediante la innovación. La educación precisa sin duda de buenos profesores, de buenas instalaciones y de sensatos planes de estudio, pero si los padres no asumen la responsabilidad de inculcar a sus hijos el hábito de estudio y el convencimiento de que necesitarán el conocimiento para su vida futura, la eficiencia del sistema educativo estará muy lejos de ser óptima.

El funcionamiento de las instituciones se basa en las personas. Sin su integridad, un excelente diseño no dará ningún resultado. Hay copias chinas de magnificas estructuras institucionales que no dan ningún resultado en países que las han implantado. Además, un funcionamiento satisfactorio en el tiempo exige una voluntad de vigilancia en la sociedad usuaria que debe, consciente o inconscientemente,  detectar las disfunciones antes de que se vuelvan crónicas y sean ya incorregibles.

El aprovechamiento económico de la tecnología es una responsabilidad exclusiva de las empresas y no se resuelve solo con mayor gasto público de I+D. Si las empresas no aprovechan espontáneamente la tecnología, los gobiernos tienen la posibilidad de aplicar políticas de innovación, cuyo objetivo es conseguir que haya más empresas innovadoras y que las que ya lo son se impliquen en otras innovaciones más generadoras de valor, pero que inevitablemente serán más arriesgadas.

TIC, Nuevos escenarios

Los nuevos escenarios

Pero esta cuestión no acaba aquí. La globalización actual y el sorprendente desarrollo de las tecnologías de la información y la Comunicación (TIC) abren un nuevo escenario donde todo lo dicho tiene nuevos retos y posibilidades, de nuevo tanto para lo público como para lo privado. La cualidad más relevante de las TIC es su extraordinaria “permeabilidad” en el sentido de esta tecnología es capaz de penetrar “en algo o en alguien, y más específicamente en un grupo social”, como dice la RAE. Actualmente no existe prácticamente ninguna actividad humana que no la utilice y que no se aproveche de ellas. La información fluye, se almacena y se procesa  a velocidades y en cantidades inimaginables hace pocos años, y todo indica que esto irá a más.

La primera, y quizá la más exigente,  de las consecuencias es la necesidad urgente de una formación que capacite al ciudadano para aprovechar el enorme potencial de las TIC. Sin esta capacidad será imposible que un país se incorpore a la inevitable evolución del mundo. Por ejemplo, si se renuncia a aplicar las TIC en las instituciones ni se alcanzarán los altos niveles de eficiencia de las sociedades avanzadas ni será posible el tan necesario y eficaz control. Por otra parte, ni la investigación ni la producción pueden ser competitivas sin recurrir a aplicaciones sofisticadas de las TIC.

Todo esto hace que sea necesario añadir la fuerte implantación de las TIC a los incrementos de tecnología, de capital humano y de calidad institucional, para conseguir en el día de hoy el aumento de la productividad y la competitividad, que asegurará a un país mantenerse dentro de la escasa lista de los avanzados. Esta es la razón de la llamada Transformación Digital, sin la cual no es ya hoy posible mejorar la competitividad de un país aunque se mejoren las tres condiciones clásicas, porque las TIC son imprescindibles para que hoy aquellas  tengan efectos en la calidad y profundidad imprescindibles.

No cabe tampoco limitarse a una avanzada aplicación de las TIC a algunos aspectos concretos, para los que son vitales. Por ejemplo, los sistemas ciber-físicos de producción (la Industria 4.0) son soluciones muy acertadas para ciertas necesidades, pero sin que la información fluya en todo el sistema productivo será muy difícil aprovechar todas sus ventajas. Sin un diseño y una logística muy informatizados, sin accesibilidad al cloud-computing, sin cibersegurida y sin muchas otras cosas es difícilmente esperable que estos nuevos y avanzados sistemas de producción expresen su enorme potencial. Conseguir que la sociedad esté en condiciones de sacar el mayor provecho a este potencial tecnológico es el objetivo de la “Transformación Digital”. Una transformación que por su envergadura y  trascendencia social exige una urgente implicación de los gobiernos.

Y esto es especialmente urgente en el caso español. Nuestro nivel de digitalización es muy bajo. Según Network Readiness Index del WEForum de 2016, España, la economía número 14 del mundo, ocupa el lugar 35 en digitalización, y el 43 si se atiende solo al colectivo empresarial. Además solo el 54% de nuestros ciudadanos poseen competencias digitales básicas. Datos que coinciden con el DESI (Digital Economy and Society Index), que sitúa a España en el puesto 15 de la Europa de 28 países.

Hay, por lo tanto mucho trabajo por hacer tanto por la sociedad española como por sus gobernantes si queremos seguir manteniéndonos entre los países avanzados. Desgraciadamente los españoles, gobernantes y gobernados, nos dejamos distraer por otras cuestiones que carecen de la trascendencia de las aquí expuestas y que sin duda compiten con aquellas en urgencia.

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